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    Mikel Oyarzabal, romanticismo alejado del fútbol moderno


    Hablar de romanticismo en el fútbol actual es caer en una trampa. En un mundo tan corrompido por el dinero es imposible pensar que puedan quedar jugadores que cada vez que se ponen la camiseta de su equipo sientan lo mismo que todos aquellos que esperan en las gradas. El fútbol es un negocio y eso lo sabemos todos. Lo romántico que queda en este deporte lo ponemos los que vamos al estadio con la camiseta, la bufanda y los colores hasta en el alma. Pero cada vez que Mikel Oyarzabal salta al césped, la cosa cambia. Vuelvo a creer. No sé si es la manera en la que se dirige a la Zabaleta en cada gol. O como besa el escudo. O el par de glaciares que tiene en la zona noble y que se deja en cada lucha de balón. Pero con Mikel vuelvo a creer en el fútbol, en el amor, y en que aún queda algo de color en este deporte inundado por el verde del dinero.

    No son sus 5 goles en 7 jornadas. No son sus más de 55 goles que lo meten en el top 10 de máximos goleadores de la historia de la Real en primera división. Tampoco su manera de tirar los penaltis, ni sus pases entrelíneas, ni el trabajo sucio que nadie ve pero que dota a este equipo de un nivel inimaginable. Son sus lágrimas tras perder contra el Barça en las semifinales de la supercopa las que hacen recuperar mi fe. Es en su ambición y garra donde siento que Oyarzabal es la figura que debe guiar este equipo. Son las palabras, en plena llorera, tras ganar la final de copa, en la que Mikel se convierte en la bandera en el escudo.

    Mikel vive la Real casi tanto o más que el resto de realzales que tiene su bandera puesta en el balcón. Lo demuestra en las pequeñas cosas. Por ejemplo, esta semana, El Día Después publicaba la imagen de cómo Oyarzabal salía a defender al debutante Turrientes, indefenso en el suelo, ante cinco ilicitanos increpándole. Hizo lo que hubiéramos hecho todos si estuviéramos en el campo. Cada segundo, de cada minuto, de cada partido, Oyarzabal demuestra por qué lleva el brazalete, por qué lleva el 10, y por qué juega en este equipo.

    Hablando del número, hay una mística extraña que acompaña al que lleva el número 10. Desconozco si esa magia la aporta el número o el portador del mismo, pero cada cierto tiempo el 10 de la Real se convierte en una leyenda. Primero fue Zamora, después llegó Xabi Prieto y ahora la estrella la lleva Mikel Oyarzabal. Parece ser que el número 10 simboliza la unión de todos en uno. Las tres marías, afición, equipo y jugadores, en una sola camiseta y y en un solo dorsal. Llevar el 10 es llevar a la Real, y Oyarzabal lo hace a la perfección, porque nos hace sentir como si cualquiera de nosotros llevara esa camiseta.

    Todos recordamos como despidieron a Xabi Prieto. En aquel partido contra el Leganés, el escudo de la Real se sustituyó por la imagen de Xabi, porque Xabi representa todo aquello que defendemos. Con Oyarzabal me pasa lo mismo. Como digo, Mikel es la bandera que bordea al balón y a la corona.

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